El cantante asturiano Rodrigo Cuevas actuará este sábado, a las 22 h, en el Teatro Auditorio del Camp de Mart de Tarragona dentro de la programación del Festival Camp de Mart. Lo hará con La Belleza, su nuevo espectáculo, una propuesta que combina folclore, electrónica, cabaret y crítica social, consolidando una trayectoria que ha convertido al artista en una de las voces más singulares del panorama musical actual.
Hay artistas que ofrecen un concierto y hay quienes proponen una manera de entender el mundo. Rodrigo Cuevas pertenece a este segundo grupo. Quien lo descubre por primera vez suele salir del teatro con una sensación difícil de explicar: durante dos horas ha habitado un espacio donde la libertad, el humor, el folclore y la diferencia conviven con absoluta naturalidad. No es casualidad que su nueva gira comience con Un mundo feliz.
Pero ese «mundo feliz», explica, no es una fantasía inalcanzable. Todo lo contrario. «Las expectativas son la madre de las decepciones», reflexiona. Frente a la tentación de querer transformarlo todo de golpe, Cuevas defiende la necesidad de construir «pequeñas utopías», espacios cotidianos donde aquello que parece imposible pueda empezar a existir. La revolución, viene a decir, también puede comenzar desde casa.
Esta manera de entender la vida atraviesa también su forma de hablar de la muerte. En una sociedad que a menudo la esconde o la convierte en un tema incómodo, Rodrigo Cuevas la sitúa en el centro de muchas de sus canciones. No para provocar, sino porque forma parte de la tradición y de nuestra experiencia colectiva. «En el folclore, la muerte siempre está presente», recuerda. Para él no es un tabú, sino un territorio profundamente poético.

Y esa mirada tiene una consecuencia directa: hablar de la muerte es también una manera de reivindicar la vida. Recordar que todo termina convierte cada día en un regalo. Incluso las pequeñas desgracias adquieren otro significado. Con una metáfora tan sencilla como brillante, compara una resaca con el recuerdo de una buena fiesta: si hay resaca es porque antes ha habido algo que ha merecido la pena vivir. También por eso, asegura, hay que saber dar las gracias incluso en los momentos menos agradables.
El humor es otra de sus grandes herramientas. Entre canción y canción, sus conciertos se convierten en una especie de consultorio desde el que lanza reflexiones sobre la igualdad, la diversidad o la convivencia sin caer nunca en el sermón. Una de las imágenes más celebradas de esta gira compara el respeto a la diversidad con un curso escolar: quien todavía necesita aprender que el machismo o la homofobia no tienen cabida debería volver a primero, porque el resto ya estamos en sexto.
Cuevas no teme que el humor reste importancia al mensaje. Todo lo contrario. Está convencido de que la sonrisa abre puertas que los discursos solemnes suelen mantener cerradas. La ironía, en su caso, no rebaja el contenido; consigue que llegue más lejos.
La conversación también permite descubrir la cara más artesanal de su oficio. Cada nuevo disco obliga a reorganizar el repertorio y a dejar temporalmente algunas canciones por el camino. Aunque explica que esta vez ha recortado sobre todo los largos monólogos entre tema y tema para poder cantar más canciones, reconoce que siempre hay ausencias que se echan de menos. Otras, en cambio, ya forman parte indiscutible de su universo escénico. Es el caso de Rambalín, convertida en uno de los momentos más esperados por sus seguidores.
La entrevista termina con una divertida contradicción. Rodrigo Cuevas ha ironizado en numerosas ocasiones sobre la playa y la cultura de costa, pero llega a Tarragona después de haber recorrido a pie la playa de la Savinosa bajo un sol de justicia. Se ríe de sí mismo, admite que quizá acabó un poco insolado y reconoce que también le gustan las «horteradas», siempre que uno sea consciente de que las está haciendo.
Quizá esa sea una de las claves de su éxito. Rodrigo Cuevas no pretende construir un personaje perfecto ni ofrecer recetas universales. Lo que propone es otra manera de mirar el mundo: con menos miedo, más humor y la convicción de que las pequeñas utopías son, a menudo, el primer paso para transformar la realidad.

Fotos: Ari Lucena y Carla Aguilar